sábado, 25 de octubre de 2008

Si Darwin no hubiera nacido...

...Si Darwin no hubiera nacido...

 


¿Te imaginas un mundo sin Darwin?¿Un mundo en el que Charles Darwin no hubiera dejado su profunda huella?¿Nuestro propio mundo pero sin la aportación de Charles Robert Darwin a la comprensión de los mecanismos que impulsan la evolución?¿Seguiríamos iluminados por el dogma de creacionistas fanáticos?¿El mismo dogma que hoy disfrazan como ciencia de la creación?

"Cambia lo superficial

Cambia también lo profundo

Cambia el modo de pensar

Cambia todo en este mundo..."

 

Nuestra percepción colectiva del mundo también ha sufrido cambios, a menudo dramáticos. Uno de ellos tuvo su origen en la singladura del Beagle que comenzó el 27 de diciembre de 1831. Este episodio constituye un bello ejemplo del llamado efecto mariposa, que nos recuerda la potencial trascendencia de eventos singulares aislados potenciados por la dinámica de sistemas caóticos como nuestro propio mundo.

La fragata Beagle, fletada por el Almirantazgo Británico, navegó durante cinco años los mares del hemisferio sur con el declarado propósito de perfeccionar los planos de las costas de Sudamérica, de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico y contribuir a mejorar la determinación de la longitud para el transporte marítimo mediante medidas cronométricas alrededor del mundo.

 Sin embargo en términos marítimos, la determinación de la longitud era más complicada y requería el transporte de los más precisos relojes cronómetros a bordo para poder determinar la longitud en cada momento a partir de diferencias horarias respecto del punto de partida. Este poco preciso método del 'transporte de tiempo' se mantuvo hasta la puesta en marcha de las señales horarias radiotelegráficas hacia 1912.

 El viaje del Beagle respondía por tanto a intereses estratégicos y comerciales y junto a las mejoras cartográficas y de navegación, pretendería abrir rutas comerciales y llevar a cabo prospectivas de nuevos mercados o de territorios con materias primas por explotar. El capitán del barco, Robert Fitz-Roy, estaba determinado a incluir un naturalista en la expedición; pero no cualquier naturalista. Debería ser una persona culta y de buenas costumbres. Debería ser alguien a quien el capitán elegiría personalmente; y en esa elección jugaría un papel primordial su juicio subjetivo y personal afinidad con el candidato. Y todo ello no en vano, ya que dicho naturalista iba a compartir el camarote del capitán durante los muy largos meses de travesía y años de expedición en una fragata en la que, a pesar de su reducido tamaño, capitán y tripulación no convivían realmente más allá de la cadena de mando.

 Influído por John Stevens Henslow, su maestro de botánica y erudito naturalista, un joven Charles Robert Darwin de 22 años se decidió a embarcarse con la promesa de ver mundo, pero sin paga, en la aventura que cambió su vida.

En su privilegiado viaje a bordo del Beagle, Charles Darwin tuvo la oportunidad de observar y anotar especies ignoradas en costas remotas. Su paso por las islas Galápagos fue especialmente emblemático y le permitió realizar algunas de las observaciones clave que guiaron más tarde su trabajo. Al cambiar de una isla a otra, la fauna estaba naturalmente relacionada pero a la vez presentaba características inexplicablemente distintas, a pesar de que el clima y la geología no cambiaban. Las distintas poblaciones de pinzones por ejemplo eran iguales en todo salvo en sus picos, que cambiaban según la isla de origen. Darwin pudo observar y asombrarse con especies como los gigantescos reptiles, verdaderos fósiles vivientes de las islas que causarían el asombro de cualquiera y que probablemente ya habrían asombrado a otros miembros de su especie con anterioridad, pero también observó muchas otras minucias, aparentemente insignificantes y no se conformó con no entenderlas.


Tamaños comparativos de los picos de cuatro especies de pinzones de las islas Galapagos.

  

A su vuelta a Inglaterra Darwin era un hombre cambiado y sabía mejor que nunca a qué empeño iba a dedicar su vida. Tuvo la ilusión y dedicación necesarios para clasificar estudiar y relacionar una enorme variedad de especies; pero además tuvo el enorme mérito de ir más allá del estudio taxonómico (Ciencia que trata de los principios, métodos y fines de la clasificación. Se aplica en particular, dentro de la biología, para la ordenación jerarquizada y sistemática). Darwin rastreó las pistas de la Naturaleza como nadie y comprendió que el origen de la enorme variedad de especies animales y vegetales está precisamente en el cambio, en la evolución. La evolución del mundo natural ya se había propuesto con anterioridad (Lamarck entre otros) pero sus defensores habían seguido pistas falsas. El mayor mérito de Darwin fue descubrir los mecanismos por los que dicha evolución había tenido lugar a lo largo de enormes periodos de tiempo, mecanismos que él centró en la selección natural. Después de 23 años del fin de su viaje vio la luz su primera y más emblemática obra, su libro titulado "El origen de las especies, a través de la selección natural" (basado en argumentar que todos los seres vivos tienen una ascendencia común y las diferentes variedades y especies que se observan en la naturaleza son el resultado de la acción de la selección natural en el tiempo. Su obra, más allá de los sólidos principios científicos que proponía representó un enorme desafío a las ideas que teníamos de nuestro mundo. Estas antiguas ideas estaban profundamente enraizadas en las creencias religiosas que habían prevalecido durante siglos y que nos hablaban de un Mundo imperturbado desde su creación.

Con estos antecedentes Darwin podría muy bien ser considerado como un iluminado de su época, un ser único y adelantado a su tiempo, y es evidente que lo fue.

En el caso del evolucionismo, la primera teoría coherente conocida la propuso en 1809 - precisamente el año del nacimiento de Darwin - el naturalista pero sobretodo filósofo francés Jean Baptiste de Lamarck, que intentaba explicar el proceso de cambio temporal, en la progresión natural desde los organismos visibles más pequeños hasta los animales y plantas más complejos y perfectos. Para explicar el curso de la evolución, Lamarck proponía cuatro principios básicos: un impulso interno de todos los organismos hacia la perfección, la capacidad de adaptación a las circunstancias, la generación espontánea frecuente y la herencia de los caracteres adquiridos. A pesar de lo errado de la mayor parte de estos principios y del nulo apoyo científico de muchas de sus propuestas Lamarck sentó un importante precedente. Darwin, como algunos otros naturalistas, consideraba las propuestas de Lamarck demasiado descabelladas, a pesar de que en el fondo de la cuestión acabaría coincidiendo con él. Otro antecedente importante fue la persona y el pensamiento del geólogo Charles Lyell (1797-1875), metódico estudioso de la evolución de las series geológicas, quien estableció los largos espacios de tiempo geológicos en los que se asentaría la evolución biológica propuesta por Darwin. Charles Darwin fue admirador de Lyell durante los comienzos de su carrera científica y aplicó los métodos científicos de éste a la evolución biológica. Lyell acabo siendo amigo de Darwin, le orientó en la necesidad de aplicar la metodología experimental con todo rigor y le animó a publicar "El origen de las especies ,otra gran influencia sobre Darwin, en una etapa más tardía y que influyó definitivamente en la elaboración de los escritos de Darwin fue el economista Robert Malthus (1766-1834) autor del "Ensayo sobre la población" (1798), libro que Darwin leyó en 1838, cuando iniciaba los primeros bosquejos de la teoría evolucionista y del que extrajo el principio de la lucha por la existencia.

El entorno familiar y social de Darwin también es digno de tenerse en cuenta. Su padre, Robert Waring Darwin fue un médico. Su madre murió cuando él contaba ocho años. El joven Charles Darwin no fue un buen estudiante. La influencia de su padre, más bien negativa, le llevó a iniciar los estudios de medicina, que no llegó a concluir. Por el contrario, su abuelo Erasmus Darwin, zoólogo y precursor de las teorías de la evolución ejerció una profunda influencia sobre su nieto. A los 17 años Charles Darwin lee el libro de su abuelo "Zoonomía" al mismo tiempo que conoce las teorías transformistas de Lamarck y se interesa por la geología. En vista del poco éxito el padre de Darwin, digno representante de la especie que tropieza dos veces con la misma piedra, decidió reorientar la carrera de su hijo, que para contentarle inició los estudios que le habrían llevado a convertirse en un pastor de la iglesia anglicana. Por suerte, los estudios de teología también quedaron inacabados. Sin embargo fue durante esta época cuando Darwin frecuenta las reuniones promovidas por el teólogo y botánico J.S. Henslow, cuya influencia acabó como ya sabemos, en el viaje del "Beagle".

Vemos pues como Darwin es Darwin y sus circunstancias y la enorme importancia de éstas últimas en el desarrollo de su enorme potencial creativo.

 

 

Pero, ¿qué habría ocurrido si Darwin o sus circunstancias no hubieran existido?. Sin duda habría sido una gran oportunidad perdida. Pero, ¿Habría quedado el mundo huérfano de la teoría de la evolución?. 

Ciertamente no. Ahí habrían seguido las pistas de la Naturaleza en forma de variedad de especies, vivas y fosilizadas, microscópicas y gigantes, esperando lo que fuera necesario para que algún miembro de una especie autoconsciente

¿Cuánto tiempo habría tenido que esperar la humanidad, en ausencia de Darwin, para empezar a descubrir los mecanismos de la evolución?. Responder a esta pregunta de forma general es imposible. Pero sin embargo tenemos acceso a una respuesta concreta que corresponde al caso particular de nuestra pasada trayectoria y que podemos extraer de los libros de historia. O mejor de las biografías de Darwin, ya que los libros de historia están demasiado ocupados con guerras, batallas, tratados y la extensión espacio-temporal de los imperios.

Lo cierto es que en 1858, cuando ya Darwin tenía muy avanzado su análisis e interpretación de datos y ya había escrito los diez primeros capítulos del que sería su libro cumbre, recibió una carta de un joven naturalista, inglés también, de nombre Alfred Russel Wallace. Wallace se encontraba en Malasia realizando investigaciones biológicas sobre la evolución y envió a Darwin una memoria sobre el tema con el ruego de que la estudiara y la pasara a la Sociedad Linneana de Londres.

 La comunicación que Wallace envió a Darwin sobre el tema del evolucionismo era una auténtica bomba, ya que se anticipaba a las conclusiones del laborioso trabajo que Darwin estaba escribiendo. Ante esta situación y siguiendo el consejo del geólogo Lyell y del botánico Hooker, miembros de la Sociedad Linneana, ambos científicos llegaron a un acuerdo para presentar simultáneamente sus resultados durante la asamblea anual de la Sociedad, que se celebró en julio de 1858 y que publicó sus comunicaciones al año siguiente. Después de varios meses de febriles esfuerzos salió finalmente a la venta el libro de Darwin sobre "El origen de la especies" el 24 de noviembre de 1859. La primera edición, de 1250 ejemplares, se agotó el mismo día; la segunda edición, de 5000, duró unos pocos días más.

 

 

Este episodio da respuesta a la pregunta acerca del evolucionismo sin Darwin. Wallace también había rastreado las pistas, y aunque con menor detalle en el análisis llegó a conclusiones muy similares a las de Darwin en cuanto al mecanismo de la selección natural. Se alejó de Darwin en lo referente a los mecanismos de la evolución humana, ya que creía que la selección natural por sí sola no podía explicar las superiores facultades de nuestra especie. Pero ese tipo de detalles, aunque importantes, habrían sido cuestión de tiempo; quizá habríamos tenido que esperar a la divulgación de las leyes de Mendel sobre la herencia, la genética o incluso a la moderna biología molecular y al conocimiento del ADN para emparentar definitivamente a nuestra especie con el resto, pero es más probable que no hubiéramos tenido que esperar tanto. La conclusión es que nuestra especie encontró en la Inglaterra victoriana de la primera mitad del siglo XIX unas condiciones adecuadas para el descubrimiento. La época victoriana, máximo periodo de prosperidad de la corona británica durante el largo reinado de la reina Victoria (1831-1901) se inició con la promulgación de la libertad comercial, en el más estricto espíritu librecambista. En 1836 se creó la colonia británica de Australia y en 1840, Nueva Zelanda se transformó también en colonia. Viajes como el del Beagle eran la regla y no la excepción. Obviamente no toda la especie humana estaba sujeta a los mismos condicionamientos. Otras poblaciones, como las africanas, subsistían en regímenes tribales muy lejos de la complejidad social de los estados europeos que acabarían colonizándolas.

Sociedades geográficas y científicas de prestigio complementaban la labor de importantes Universidades ya con gloriosa tradición científica. En este nicho nuestra especie encontró una comunidad científica - aunque no una sociedad en su conjunto - madura para elaborar la idea de los mecanismos de la evolución, con un mundo de variedad asombrosa ante sus ojos esperando a ser comprendido.

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